Revolver la historia de héroes y naciones

Artículo de Santi Eraso Beloki publicado en su blog personal.

Los próximos días darán comienzo los actos de conmemoración del V Centenario de la primera vuelta al mundo, que se inició en el puerto de Sevilla en el mes de agosto del año 1519 y concluyó tres años después en el de Sanlúcar de Barrameda, en Cádiz. Hace unos días se presentaron en la Biblioteca Nacional lo que la Comisión organizadora denomina los grandes hitos culturales que se prolongarán hasta el 2017. Durante este próximo trienio las instituciones públicas y privadas desplegarán un sinfín de eventos para ensalzar el pionero viaje capitaneado, primero por Fernando de Magallanes, nacido en Sabrosa, Portugal y, después, por Juan Sebastián Elcano de Getaria, en el País Vasco, entonces parte del Reino de Castilla. Hasta ahora, obviando en gran medida el sentido actual de estas efemérides, la mayoría de las actividades programadas  tienen un evidente sesgo historicista y rememorativo, bastante triunfalista.

Las relaciones entre historia y verdad, parafraseando al historiador y teórico de la historia Reinhart Koselleck, tan solo se pueden abordar si se acepta la compleja relación entre presente, pasado y futuro, y si en esa relación espacio temporal vemos estallar diacrónicamente nuevos conflictos que nos permitan cruzar la historia con los contrasentidos y contingencias que ella misma ha producido en la actualidad y para que la realidad aparezca, por tanto, más inestable, compleja y desordenada.

En parecido sentido, primero Carl Einstein y Walter Benjamin y después también Giorgio Agamben y Georges Didi-Huberman, hablaban de “anacronismo”, no en la forma vejatoria que la palabra alcanza en su uso común, sino refiriéndose a la facultad que tienen las imágenes y los hechos para hablar a dos tiempos a la vez, a cualquier tiempo pasado, incluso atendiendo a instancias mitológicas de la historia o tendiendo al presente, más allá de las condiciones culturales en las que se fabricó o produjo.

En términos generales, haciendo caso omiso de la complejidad histórica y de sus implicaciones en la actual configuración del mundo, estos eventos se suelen enmarcar en una concepción romántica, heroica y patriótica de la historia. No hace falta ir muy lejos para recordar los fastos culturales, con evidentes sesgos de propaganda nacionalista, llevados a cabo durante 1992 para rememorar también la llegada de Cristóbal Colón a tierras americanas. Ahí están las polémicas que hace unos meses aparecieron en los medios de comunicación sobre la identidad nacional de los protagonistas o la titularidad patrimonial de aquella primera circunnavegación. De hecho, el gobierno español y portugués  tuvieron que firmar una especie de paz entre vecinos para poner fin a las ridículas desavenencias.  Estas disquisiciones chauvinistas olvidan que, durante esos siglos, la adscripción al territorio fue totalmente relativa. Las monarquías feudales no estaban delimitadas por fronteras en el sentido clásico del término, sino por una imbricación de múltiples espacios constantemente unidos, desunidos y recombinados a través de guerras, conquistas o acuerdos matrimoniales.

Como nos recuerda el historiador y sociólogo Immanuel Wallersteinen su célebre conjunto de estudios sobre el sistema-mundo y el origen de la economía-mundo capitalista, este sistema apareció con la crisis del feudalismo, motivada por la rivalidad económico-militar imperante entre las monarquías absolutas. El choque entre ellas incentivó la asociación de las nuevas burguesías con las viejas aristocracias, apuntaló la acumulación de bienes y pavimentó la aparición del comercio global, con un carácter marcadamente expansivo y extractivista. De hecho, aquellos viajes, denominados “descubrimientos” o “vueltas al mundo”, se inscribieron en el marco de un conjunto de grandes travesías marítimas y expediciones comerciales que durante los siglos XVI y XVII fortalecieron las monarquías absolutas; después iniciaron la consolidación de los estados nación europeos que, a su vez, a su imagen y semejanza, reconfiguraron los mapas de las tierras conquistadas; y abrieron el camino a un nuevo orden económico, el capitalismo, en el que predominaba la explotación de los recursos materiales y humanos de las colonias y, en menor media, el intercambio de bienes.

Cierta historiografía académica ha intentado demostrar que aquellos ciclos de expansión y de acumulación también se hicieron en nombre de un pretendido nuevo mundo más justo y civilizatorio, en teoría. Pero cuando se elude a los mutuos beneficios se olvida que la reciprocidad cultural se llevó a cabo más en beneficio de unos y en detrimento de otros, como ha ocurrido siempre en todos los procesos de conquista territorial y colonización imperial. No podemos olvidar que el inicio de la modernidad europea coincide precisamente con el comienzo de un largo periodo de explotación y de intensos procesos de segregación racial y discriminación social que han llegado hasta nuestros días. Según el economista y filósofo Felwin Sarr en Afrotopía, las estimaciones más moderadas indican que hasta el siglo XIX más de 11 millones de personas fueron deportadas del continente africano a través del Atlántico. Las más atrevidas hablan de 24 millones de individuos transportados y 200 millones de muertos, como consecuencia de la captura, las guerras y razias causadas por la trata negrera.

En efecto, releyendo a Franz Fanon, así lo explica con toda claridad Achile Mbembe en su reciente Políticas de la enemistad donde nos recuerda que, a partir del siglo XVI, el comercio exterior, incluido el de seres humanos, es considerado como la senda real para garantizar la riqueza de los Estados. Mientras que el control de las corrientes de intercambio internacionales pasa en adelante por el dominio de los mares, la capacidad para crear relaciones de intercambio desiguales, por su parte, se convierte en un elemento decisivo de la potencia europea. Si el oro y la plata de ultramar son codiciados por las diversas cortes principescas de Europa, tal es también el caso de la pimienta, la canela, el clavo de olor, la nuez moscada y otras muchas especias. Pero es también el caso del algodón, la seda, el índigo, el café, el tabaco, el azúcar, los bálsamos, los licores de todo tipo, las resinas y las maderas medicinales que se compran lejos a precios irrisorios y que se revenden a precios exorbitantes en los mercados europeos.

Para pacificar las costumbres- continúa este historiador- en efecto, es importante adueñarse de las colonias, establecer compañías concesionarias y consumir cada vez más productos procedentes de partes lejanas del mundo. La paz civil en Occidente, por tanto, dependerá en gran parte de los focos de atrocidades que se generan, de las guerras de feudos y otras masacres que acompañan el establecimiento de las plazas fuertes y de las factorías en las cuatro puntas del planeta. Depende del aprovisionamiento de telas para los barcos a vela, de mástiles, madera de construcción, brea, lino y cordaje, pero también de bienes de lujo tales   como la seda cruda, los calicós pintados e impresos, la sal para la conservación pescado, la potasa y los colorantes para la industria textil, sin contar el azúcar. En otros términos, la satisfacción de esos nuevos deseos depende de la institucionalización de un régimen de desigualdad a escala planetaria. La colonización es la rueda principal de este régimen de violencia. Sistema colonial y sistema esclavista, en consecuencia, representan el depósito amargo de la democracia.

Por tanto, la cuestión no sería tanto que debamos pedir perdón por lo ocurrido en la conquista de todas aquellas tierras  –tal vez también haya que hacerlo- como reclama el actual presidente de México, Andrés López Obrador, sino que seamos capaces de pensar la historia en otras claves menos eurocéntricas y triunfalistas, y con mayor capacidad de abrir debates para pensar al lado y con las voces e inteligencias que reclaman su derecho a una memoria más justa con las comunidades afectadas.

Es imposible juzgar con ecuanimidad la historia de aquellos “héroes” y “gestas imperiales” si, como también nos recuerda Koselleck en Futuro pasado, no somos capaces de interpretar la historia como materia frágil y oportunidad para ver el pasado desde las contradicciones sociales del presente; la posibilidad de encontrar en la historia ya no una ejemplaridad –historia magistra vitae, dice – sino aquellos elementos que nos permitan construir y legitimar un proyecto de futuro acorde con un compromiso político que conlleve la reactualización crítica de los hechos. Para el autor de Sentido y repetición en la historia, ésta siempre depende de las trazas que produce el tiempo en ella – lo que llama los estratos del tiempo–, y, por tanto, de la primacía teórica de nuevas experiencias.

Hoy, dar la vuelta al mundo debería significar revolver los relatos hagiográficos de aquellos héroes, darle un vuelco a la propia historia de los descubrimientos para preguntarnos dónde y quiénes son las heroínas y los héroes del presente que merecen nuestra atención. Las actuales políticas racistas de los desarrollados gobiernos occidentales contra los inmigrantes son la verdadera cara de esa modernidad eurocéntrica y colonial que no deja de ser más que la continuidad de aquel, como mínimo, imperfecto proyecto civilizatorio -por no decir de barbarie- si tenemos en cuenta el cúmulo de disparates xenófobos que se están escuchando en esta precampaña electoral contra la población inmigrante. La idea según la cual “el occidente blanco” es la única provincia del mundo en condiciones de comprender la democracia e instituir los valores universales vuelve a salir a flote, una y otra vez. No deberíamos olvidar nunca que el ascenso del fascismo o del nazismo se efectuó en forma paralela al del colonialismo. Compartían un mismo mito, el de la superioridad absoluta de la cultura llamada occidental, entendida, claro está, como la de la raza blanca. Antes y ahora, la escisión de la humanidad en autóctonos y en extranjeros constituye la ideología tras la que se sustenta en nacionalismo patriótico. Una  hostilidad cada vez más agresiva contra ls inmigrantes, que nunca ha estado tan lejos del principio de hospitalidad, que debiera caracterizar a la democracia.

En este sentido, la antropóloga Mafe Moscoso en Invierno demográfico, racismo y extraccionismo de niños (a la española), publicado en el periódico “El Salto”, nos describe las dificultades que tienen las madres latinoamericanas y sus hijs para dar la vuelta al mundo, durante sus recorridos de ida y regreso entre América y Europa que separa de distintas maneras a los niños y niñas de sus madres migrantes con muros burocráticos y obstáculos fronterizos (la trashumancia –dice- consiste, entre otras cosas, en una desorientación continua, en no saber cuándo se va y cuándo se regresa), interpone múltiples impedimentos para acceder al mercado laboral, trabas para la asignación de la residencia y nacionalidad, dificultades para la reagrupación, fomenta la apropiación de niñs y adolescentes por parte de algunos servicios sociales y otras sutiles, pero crueles, formas de segregación y exclusión. En este mismo sentido, la artista y militante antirracista Daniela Ortiz afirma que no entiende  cómo se puede hablar de “maternidades y crianzas” y peor aún de “trabajo” en un contexto como el español obviando el análisis crítico de aquellas mujeres que experimentan la crianza desde el patriarcado racista colonial; desde la explotación laboral en el trabajo doméstico, impuesta por la Ley de Extranjería; desde la separación forzosa de familias a través de los impedimentos de la reagrupación familiar o desde la violencia del Ius Sanguinisen el postparto migrante por el que ls hijs de personas migrantes, a pesar de nacer en el territorio español y europeo, no tienen derecho a la nacionalidad -como la mayoría de la gente piensa- sino que heredan la nacionalidad de sus padres y además su estatus legal, por tanto los menores también siguen sujetos a la Ley de Extranjería racista desde su mero nacimiento.

Tal vez, frente aquellas viejas gestas y batallas marinas, cuyas aventuras suenan a extemporáneos ensalzamientos nacionales, éstas sean las vueltas al mundo que actualmente deberíamos reconocer y haciéndolo, además, desde una visión de la historia más comprometida con la politización y las voces y silenciadas y subjetividades chuleadas, que diría Suely Rolnik, de las experiencias poscoloniales. Sobre todo, aquellas que vienen de la crítica contemporánea a todos los procesos históricos de racialización y marginalización sistemática que todavía hoy en día subsisten en las relaciones entre Europa y la tricontinentalidad poscolonial. Es sencillamente imposible concebir la modernidad sin hacer referencia a la violencia originaria, constitutiva, de las colonias. Por encima de la hagiografía biográfica de los “héroes” y “descubridores” habría que traer la historia al presente para repensarla al hilo de las contradicciones que han generado los procesos históricos de discriminación de clase y raza. Romper ese estigma racista que domina muchos aspectos de nuestra realidad, desde la economía hasta los sentimientos, debería implicar un mayor ejercicio de relectura de la historia, con énfasis en la contra lectura de las relaciones jerárquicas, siempre opacas y negadas.

Una política decolonial y, en concreto, postcolonial, como nos recuerda Robert J. C. Young en Nuevo recorrido por (las) mitologías blancas, aspira  cambiar las injustas estructuras de poder del mundo, en las que una parte muy pequeña del es rica y la otra, mucho mayor, es pobre. Dentro de un abanico de modalidades diferentes, a lo que aspira una política postcolonial tricontinental -dice este reconocido historiados y crítico cultural británico- es a generar una relación justa y más equitativa entre todos los habitantes del planeta, trabajando a favor de sociedades basadas en valores comunitarios, en lugar de individuales, de la participación popular en lugar del control centralizado, del empoderamiento en lugar de la explotación, a través del cambio social sostenible desarrollado a partir del desarrollo de los sistemas de conocimiento y los recursos locales. ¿Es posible otra política del mundo que no descanse ya necesariamente en la diferencia o la alteridad, sino en cierta idea de lo semejante y de lo en común que no se inscriba en el idealismo universalista, más allá de la yuxtaposición de singularidades tanto como de la ideología de la integración?

En el último capitulo, titulado La ética del pasante,del citado libro Achile Mbembe dice que “en su punto límite, no pertenecer propiamente a ningún lugar es lo propio de “hombre”, puesto que este último, un compuesto de otros seres vivientes y de otras especies, pertenece a todos los lugares juntos. Por lo tanto, aprender a pasar constantemente de un lugar a otro debería ser su proyecto porque, en todos los casos, tal es su destino. Pero pasar de un lugar a otro es también tejer con cada uno de ellos una doble relación de solidaridad y de desconexión –y concluye- atravesar el mundo, tomar la medida del accidente que representa nuestro lugar de nacimiento y su peso de arbitrariedad y de coerción, abarcar el irreversible flujo que es el tiempo de la vida y de la existencia, aprender a asumir nuestro estatuto de pasante en cuanto esto es quizá la condición en última instancia de nuestra humanidad, el cimiento a partir del cual creamos la cultura.

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